Pocas palabras han marcado el destino de un país con tanta fuerza como petróleo en Venezuela. No es solo un recurso natural, ni siquiera una industria: es una estructura mental, una forma de Estado y una coartada histórica. Durante más de un siglo, el crudo fue presentado como bendición providencial; con el tiempo, se reveló también como una trampa perfecta. De él nació la riqueza moderna venezolana y, al mismo tiempo, de él brotaron los vicios que terminaron por asfixiarla.
Este texto no pretende demonizar un recurso —los recursos no gobiernan países—, sino analizar cómo el petróleo moldeó una cultura política, una economía rentista y un Estado que aprendió a vivir sin ciudadanos y acabó sin país.
I. Antes del petróleo: un país pobre y periférico
A comienzos del siglo XX, Venezuela era un país rural, atrasado y marginal en el concierto internacional. Su economía se basaba en la agricultura de subsistencia y en exportaciones menores de café y cacao. El Estado era débil, la infraestructura escasa y la población vivía dispersa. No había industria, ni clase media, ni una administración moderna. En términos estrictos, Venezuela no era pobre: era irrelevante.
El cambio llegó no por planificación ni por visión estratégica, sino por azar geológico. Bajo su subsuelo yacía una de las mayores reservas de hidrocarburos del planeta. Y como suele ocurrir con los golpes de suerte no trabajados, el país no estaba preparado para gestionarla.
II. El descubrimiento del petróleo y el nacimiento del Estado rentista
El primer gran hito petrolero se produce durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, cuando las concesiones a compañías extranjeras abrieron la puerta a una transformación radical. En pocos años, Venezuela pasó de exportar productos agrícolas a convertirse en uno de los principales exportadores de crudo del mundo.
El impacto fue inmediato. El Estado comenzó a recibir ingresos sin necesidad de recaudar impuestos de forma sistemática. Este detalle, aparentemente técnico, es crucial: el Estado dejó de depender del ciudadano. La relación fiscal —base de toda democracia moderna— quedó sustituida por una relación extractiva: el Estado extraía renta del subsuelo y la redistribuía según criterios políticos.
Nacía así el Estado rentista. Un Estado rico sin sociedad rica. Un Estado poderoso sin ciudadanos exigentes. Un Estado que no necesitaba eficiencia, porque el dinero fluía solo.
III. La ilusión de la modernidad rápida
Durante las décadas centrales del siglo XX, el petróleo permitió una modernización acelerada. Infraestructura, urbanización, educación pública, servicios sanitarios, carreteras, grandes proyectos. Venezuela se convirtió en un polo de atracción migratoria y en un ejemplo de prosperidad regional.
Pero esta modernización tenía una falla estructural: no estaba basada en productividad, sino en gasto. El país importaba casi todo lo que consumía y producía muy poco de lo que necesitaba. La industria nacional era débil; la agricultura, residual. El petróleo pagaba la factura.
Mientras el barril se mantuvo alto, el sistema funcionó. Cuando bajó, aparecieron las grietas.
IV. Nacionalización y la promesa de soberanía
En 1976, la nacionalización del petróleo fue presentada como la culminación del proyecto nacional. El Estado asumía el control total de su recurso estratégico a través de PDVSA. El discurso hablaba de soberanía, independencia y desarrollo endógeno.
Durante años, PDVSA fue una empresa técnicamente competente, con estándares internacionales y autonomía operativa. Generaba enormes ingresos y funcionaba como columna vertebral de la economía. Sin embargo, el problema de fondo persistía: el país seguía siendo rentista. La nacionalización no cambió el modelo; solo cambió al receptor de la renta.
El Estado seguía gastando más de lo que producía. Seguía dependiendo de un solo recurso. Seguía posponiendo las reformas estructurales.
V. El petróleo como anestesia política
El petróleo tuvo otro efecto menos visible, pero más corrosivo: anestesió el conflicto político. Los problemas se resolvían con gasto público, no con reformas. Las tensiones sociales se amortiguaban con subsidios. La corrupción se toleraba mientras hubiera reparto.
Se construyó una cultura política basada en la expectativa: el ciudadano no exigía derechos; esperaba beneficios. El político no gobernaba; administraba renta. La eficiencia importaba poco; la lealtad, mucho.
Este sistema no colapsó antes porque el petróleo lo sostuvo artificialmente. Pero no lo corrigió. Solo lo aplazó.
VI. El chavismo y la radicalización del rentismo
Con la llegada de Hugo Chávez, el petróleo dejó de ser solo un recurso económico y pasó a ser instrumento ideológico. El alto precio del crudo en los años 2000 permitió financiar un proyecto político expansivo, tanto dentro como fuera del país.
Programas sociales masivos, subsidios generalizados, alianzas internacionales financiadas con petróleo barato, gasto público sin control. Todo sostenido por un ingreso extraordinario que fue tratado como permanente.
La diferencia con etapas anteriores no fue el uso del petróleo, sino su politización extrema. PDVSA dejó de ser una empresa y se convirtió en una caja política. Se sacrificó la gestión técnica en favor de la lealtad. Se expulsó talento. Se desvió inversión.
Cuando el petróleo dejó de fluir con la misma abundancia, el sistema mostró su fragilidad.
VII. El colapso: cuando el petróleo ya no alcanza
La caída de los precios del crudo, combinada con años de mala gestión, corrupción y destrucción institucional, llevó al colapso económico. Sin producción interna, sin reservas, sin crédito internacional y con una industria petrolera deteriorada, Venezuela quedó atrapada en su propia dependencia.
La paradoja era brutal: un país con las mayores reservas de petróleo del mundo incapaz de sostener su economía. El recurso que había financiado el Estado se convirtió en su último salvavidas, insuficiente y mal gestionado.
La hiperinflación, el desabastecimiento y el éxodo masivo no fueron consecuencias del petróleo en sí, sino de haber construido un país que no sabía vivir sin él.
VIII. La maldición de los recursos: Venezuela en perspectiva comparada
El caso venezolano encaja con precisión en lo que la literatura económica denomina la maldición de los recursos. Países con abundantes recursos naturales tienden a desarrollar Estados rentistas, economías poco diversificadas y sistemas políticos frágiles.
Pero la maldición no es inevitable. Noruega también tiene petróleo. La diferencia está en las instituciones, la cultura fiscal y la planificación a largo plazo. Venezuela eligió el camino corto. Y lo pagó caro.
IX. Petróleo y cultura política: el problema invisible
Más allá de cifras y barriles, el verdadero daño del petróleo fue cultural. Generó la idea de que la riqueza no se crea: se reparte. De que el Estado es proveedor universal. De que el esfuerzo productivo es secundario frente al acceso a la renta.
Esta mentalidad sobrevivió a gobiernos, ideologías y crisis. Cuando el petróleo ya no pudo sostenerla, el país quedó desnudo.
X. Epílogo: lecciones de un subsuelo traicionero
El petróleo no arruinó Venezuela. Lo hizo la incapacidad de construir un país más allá de él. Durante décadas, el crudo permitió evitar decisiones difíciles. Cuando se agotó el margen, ya no quedaban instituciones, ni economía productiva, ni cultura cívica sólida.
La historia venezolana demuestra una verdad incómoda: la riqueza fácil no educa; adormece. Y los países que confunden recursos con desarrollo suelen despertar tarde, pobres y divididos.
Venezuela no necesita descubrir más petróleo. Necesita, algún día, aprender a vivir sin depender de él.
Este proceso no puede entenderse sin el marco político que supuso
la Revolución Bolivariana, que redefinió la relación entre el Estado, el petróleo y la sociedad venezolana.