Anatomía de una fe política, autopsia de un país
PARTE I
El muerto útil: Bolívar y la tradición del caudillo
Toda revolución necesita un mito fundacional. Y si el mito está muerto, mejor: no contradice, no matiza, no protesta. Se deja usar. En el caso venezolano, el cadáver elegido fue Simón Bolívar, prócer de bronce, estatua ecuestre, busto obligatorio en plazas y cuarteles. Un hombre complejo, contradictorio, brillante y profundamente desencantado, reducido por la Revolución Bolivariana a una estampita ideológica con boina roja.
Bolívar fue muchas cosas —militar audaz, político improvisado, aristócrata ilustrado, caudillo inevitable—, pero no fue nunca lo que el chavismo dijo que era. Y sin embargo, su nombre se convirtió en la coartada perfecta para un proyecto que, de haber existido en el siglo XIX, el propio Bolívar habría mirado con recelo y probablemente con desprecio.
Porque Bolívar desconfiaba del pueblo cuando el pueblo se convertía en masa, temía el desorden, detestaba el caudillismo ajeno y acabó convencido de que América Latina estaba condenada a una sucesión interminable de hombres providenciales. No lo dijo desde la comodidad de un despacho europeo, sino desde la experiencia amarga del fracaso político. Murió sin patria estable, sin proyecto viable y sin ilusión. Un detalle que el bolivarianismo decidió pasar por alto con entusiasmo revolucionario.
Venezuela antes del mito
A finales del siglo XX, Venezuela era un país cansado. No arruinado. No colapsado. Cansado. El petróleo había creado una ilusión de riqueza permanente y una cultura política basada en el reparto, la corrupción sistémica y la mediocridad administrativa. Los partidos tradicionales habían convertido el Estado en botín. Pero el país funcionaba. Mal, a veces. Injustamente, muchas otras. Pero funcionaba.
Había elecciones competitivas. Había prensa crítica. Había universidades respetadas. Había tribunales que, con todos sus defectos, no respondían a un solo hombre. La pobreza existía, pero no era miseria estructural. La desigualdad era real, pero no era hambre masiva. El venezolano medio vivía frustrado, no desesperado. Y esa diferencia es crucial.
La política tradicional se suicidó lentamente, sin darse cuenta de que estaba dejando el terreno abonado para el mesías. Cuando llegó el Caracazo, no solo explotaron los precios: explotó la legitimidad. Y cuando la legitimidad se evapora, el uniforme suele parecer una alternativa razonable.
El militar que entendió el espectáculo
Hugo Chávez no fue un accidente. Fue el resultado lógico de décadas de irresponsabilidad política. Militar, lector caótico, orador instintivo, entendió algo esencial antes que nadie: la política moderna no se gana gobernando bien, sino contando bien una historia.
Su historia tenía todos los elementos necesarios: un enemigo interno (la oligarquía), uno externo (Estados Unidos), un pasado glorioso traicionado (Bolívar), un pueblo humillado y, por supuesto, un líder dispuesto a sacrificarse por todos… siempre que todos le obedecieran.
El intento de golpe de Estado de 1992 fracasó militarmente, pero triunfó simbólicamente. El famoso “por ahora” fue una obra maestra de comunicación política. Chávez entendió que la derrota, bien narrada, puede ser una inversión a largo plazo. El sistema lo encarceló, lo indultó y lo lanzó, sin saberlo, directo a la presidencia.
La democracia como escalera
Chávez llegó al poder por las urnas. Este punto conviene repetirlo para no caer en simplificaciones infantiles. Llegó democráticamente y utilizó la democracia como herramienta de demolición controlada. No abolió el sistema de golpe; lo vació desde dentro. Reformó la Constitución, amplió el poder ejecutivo, subordinó los contrapesos, politizó la justicia y convirtió la lealtad personal en criterio de Estado.
Todo ello con respaldo popular, porque el petróleo financiaba la ilusión. Y porque el discurso funcionaba. Mientras hubo dinero, hubo aplausos. Mientras hubo enemigos, hubo cohesión. Mientras hubo televisión, hubo revolución.
El problema de los proyectos basados en un solo hombre es que solo funcionan mientras ese hombre vive. Y aun así, dejan una herencia envenenada.
El bolivarianismo como religión civil
La Revolución Bolivariana no fue solo un proyecto político. Fue una religión laica. Tenía su profeta, su libro sagrado reinterpretado, sus herejes, sus rituales, sus mártires y su lenguaje propio. Discrepar no era disentir; era traicionar. Criticar no era debatir; era conspirar.
Bolívar dejó de ser historia y pasó a ser dogma. Y cuando la historia se convierte en dogma, deja de servir para aprender y pasa a servir para obedecer.
PARTE II — Petróleo, poder y la economía del aplauso
Si la Revolución Bolivariana tuvo un verdadero programa —uno solo, constante y eficaz durante más de una década— fue este: gastar hoy lo que mañana no existirá, mientras se proclama que el mañana será socialista, soberano y eterno. Nada define mejor el chavismo que su relación con el petróleo, ese manantial negro que en Venezuela no se administró jamás como recurso estratégico, sino como chequera ideológica.
Venezuela no descubrió el petróleo con Chávez, pero sí descubrió con él una forma más temeraria de usarlo.
El petróleo como maldición recurrente
Desde mediados del siglo XX, el petróleo convirtió a Venezuela en un país rentista. El Estado no necesitaba recaudar impuestos con rigor porque ingresaba divisas a raudales. Esto tuvo un efecto devastador a largo plazo: el poder político dejó de depender del ciudadano y pasó a depender del barril. Cuando el Estado no necesita al contribuyente, tampoco siente la obligación de rendirle cuentas.
La Revolución Bolivariana heredó ese vicio y lo llevó a su máxima expresión. Con los precios del crudo disparados en la primera década del siglo XXI, Chávez dispuso de recursos que ningún presidente venezolano había tenido antes. Y los usó como lo hacen los caudillos: para consolidar poder, no para construir futuro.
No hubo planificación estructural. No hubo diversificación productiva. No hubo inversión seria en industria, agricultura o tecnología. Hubo gasto. Mucho gasto. Y propaganda que explicaba ese gasto como justicia histórica.
PDVSA: de empresa a trinchera
La estatal petrolera PDVSA había sido, con todos sus defectos, una de las compañías energéticas mejor gestionadas de América Latina. Técnicos cualificados, autonomía operativa, estándares internacionales. Para el chavismo, aquello era inaceptable. Una empresa eficiente y profesional era sospechosa. ¿Leal a quién?
El conflicto estalló en 2002–2003, con el paro petrolero. La respuesta del gobierno fue quirúrgica y brutal: despido masivo de técnicos, ingenieros y directivos. Más de 18.000 personas expulsadas. El mensaje fue claro: la competencia no importa; la obediencia sí.
Desde ese momento, PDVSA dejó de ser una empresa para convertirse en una caja política. Financiaba programas sociales, campañas, alianzas internacionales y proyectos ideológicos en el extranjero. Todo menos mantenimiento, reinversión y modernización. El petróleo seguía saliendo, pero el conocimiento se estaba yendo por la puerta de atrás.
La producción comenzó a caer. Lentamente al principio. Luego en picado. El chavismo culpó al sabotaje, al imperio, al clima, a la luna. Nunca a la purga sistemática del capital humano.
Las misiones: política social o clientelismo masivo
Las misiones sociales fueron el gran instrumento de legitimación interna. Programas de salud, educación, alimentación y vivienda, gestionados muchas veces al margen del Estado tradicional. Su lógica era simple: resultados rápidos, visibilidad constante y dependencia directa del líder.
Durante un tiempo, funcionaron. Redujeron la pobreza estadística. Mejoraron el acceso a servicios básicos. Pero estaban construidas sobre arena: no eran sostenibles sin petróleo caro. No creaban empleo productivo ni autonomía ciudadana. Creaban gratitud. Y la gratitud, en política, es una forma blanda de control.
Cuando los ingresos comenzaron a disminuir, las misiones se deterioraron. Los hospitales sin insumos. Las escuelas sin profesores. Las viviendas sin mantenimiento. El modelo no colapsó de golpe; se fue pudriendo lentamente, como todo sistema que depende de una sola variable externa.
La economía como enemigo ideológico
Para el chavismo, el mercado no era un mecanismo imperfecto; era un adversario moral. El empresario no era un actor económico; era un sospechoso. El precio no era una señal; era una conspiración. Así llegaron los controles de precios, de cambio, de importaciones, de beneficios, de divisas. El resultado fue exactamente el que cualquier manual básico de economía habría anticipado.
Desabastecimiento. Mercado negro. Corrupción a gran escala. Incentivos perversos. Producción nacional asfixiada. Importaciones infladas. Una economía paralela donde el acceso al dólar oficial era más rentable que producir bienes.
El discurso culpaba a la “guerra económica”. La realidad era más simple y más cruel: no se puede gobernar una economía moderna con consignas.
El aplauso como indicador económico
Durante años, el chavismo midió el éxito en términos de apoyo popular inmediato. ¿Había aplausos? Entonces funcionaba. ¿Había protestas? Entonces era sabotaje. La economía dejó de ser una ciencia social para convertirse en una rama del marketing político.
El problema del aplauso es que no paga facturas. Y cuando el petróleo dejó de sostener la ficción, el sistema mostró su verdadera cuenta de resultados: inflación descontrolada, colapso productivo y dependencia absoluta de importaciones que ya no podían pagarse.
La Revolución Bolivariana no fracasó pese al petróleo. Fracasó porque confió en él como sustituto de todo lo demás.
PARTE III — La destrucción institucional como método
Las revoluciones auténticas —las de verdad, no las de cartel— suelen enfrentarse a las instituciones existentes. Algunas las reforman. Otras las sustituyen. La Revolución Bolivariana optó por una vía más eficaz y menos honesta: vaciar las instituciones de contenido sin necesidad de abolirlas formalmente. El edificio seguía en pie; por dentro estaba hueco.
No fue improvisación. Fue método.
El Estado como extensión del líder
Desde el inicio, el chavismo tuvo claro que el mayor obstáculo no era la oposición política, sino la arquitectura institucional heredada. Tribunales independientes, parlamento con capacidad de control, medios libres, universidades críticas y una administración pública profesional son un estorbo para cualquier proyecto personalista.
La solución no fue el cierre inmediato, que genera rechazo internacional y resistencia interna, sino algo más sutil: colonizar. Nombrar. Reemplazar. Ampliar tribunales para llenarlos de leales. Reformar leyes para neutralizar controles. Redefinir competencias hasta que nadie supiera quién decidía qué, salvo el presidente.
El Parlamento perdió peso progresivamente. Cuando dejó de ser útil, se ignoró. Cuando se volvió incómodo, se anuló de facto. El Tribunal Supremo pasó de árbitro a escudo. Las fuerzas armadas dejaron de ser una institución del Estado para convertirse en actor político y económico, con acceso directo a recursos, empresas y privilegios.
Nada asegura más la lealtad que convertir al ejército en socio del negocio.
La ley como instrumento, no como límite
En el relato bolivariano, la ley no es un marco que limita al poder, sino una herramienta para ejercerlo. Las reformas constitucionales no buscaban equilibrio, sino acumulación. Los decretos de emergencia se normalizaron. Las habilitaciones legislativas se volvieron costumbre.
Gobernar por decreto no era una excepción; era el estilo.
Esto generó una paradoja: el chavismo se presentaba como profundamente legalista —todo se hacía “según la Constitución”— mientras vaciaba de sentido el concepto mismo de legalidad. Cuando la ley sirve siempre al mismo, deja de ser ley y pasa a ser orden.
Universidad, prensa y pensamiento crítico
La universidad pública, tradicionalmente crítica y autónoma, fue señalada como reducto burgués. Se la asfixió presupuestariamente. Se crearon instituciones paralelas, dóciles, ideologizadas, con títulos rápidos y pensamiento lento.
La prensa sufrió una estrategia gradual: presión económica, retirada de licencias, multas, autocensura. No hacía falta cerrar periódicos; bastaba con convertirlos en empresas inviables. La censura moderna no grita: asfixia.
El resultado fue un espacio público empobrecido, donde el discurso oficial se repetía sin fricción y la crítica se desplazaba al exilio, físico o digital.
PARTE IV — Chávez: carisma, control y culto
Aquí conviene detenerse, porque sin Chávez no hay chavismo. Y sin entender a Chávez, el resto es incomprensible.
El líder como espectáculo permanente
Chávez gobernaba hablando. Horas. Días. Cadenas interminables. Programas televisivos donde cantaba, regañaba ministros, improvisaba políticas públicas y decidía presupuestos en directo. Aquello no era desorden: era poder performativo. El mensaje era claro: el Estado soy yo, y estoy en emisión continua.
Su carisma era real. Su conexión con amplios sectores populares, genuina. Pero el carisma, sin instituciones que lo contengan, es dinamita política. Todo pasaba por él. Todo dependía de él. Todo se resolvía con su palabra.
El día que faltara, el sistema quedaría huérfano.
El culto al líder muerto
La muerte de Chávez no cerró el ciclo; lo congeló. El chavismo convirtió al líder fallecido en símbolo eterno, intocable, incuestionable. Se gobernó en su nombre. Se justificó todo en su legado. Se sustituyó el carisma vivo por la veneración del recuerdo.
El problema de gobernar con un muerto es que no corrige errores. Y así, cada fracaso se explicó como traición al legado, nunca como consecuencia lógica del sistema.
PARTE V — Maduro o la revolución sin talento
Si Chávez fue el arquitecto carismático, lo que vino después fue el administrador del derrumbe.
Sin entrar en caricaturas, el liderazgo posterior careció de tres elementos clave: legitimidad simbólica, capacidad de gestión y narrativa convincente. El poder ya no se sostenía en adhesión emocional, sino en control.
Del consenso al miedo
El chavismo mutó. Donde antes había relato, ahora había aparato. Donde antes había subsidio, ahora había escasez administrada. Donde antes había elecciones competitivas, ahora había procedimientos electorales sin credibilidad.
La represión dejó de ser excepcional. Pasó a ser preventiva. La protesta social fue criminalizada. La disidencia, judicializada. El exilio se convirtió en válvula de escape: quien se iba no protestaba.
Millones se fueron.
PARTE VI — Economía del colapso
La hiperinflación no fue un accidente. Fue la consecuencia inevitable de años de negación económica. Emitir dinero para cubrir déficits sin respaldo productivo destruyó el valor de la moneda. El salario se volvió simbólico. El ahorro, una broma cruel.
La economía informal pasó a ser la norma. El dólar, el verdadero salario. El Estado, incapaz de garantizar servicios básicos. Electricidad, agua, transporte, sanidad: todo falló, intermitentemente primero, estructuralmente después.
Un país petrolero importando gasolina. La historia no carece de ironía.
PARTE VII — El éxodo: cuando el país camina
Más de siete millones de venezolanos abandonaron su país. No como migrantes económicos tradicionales, sino como refugiados de un sistema fallido. Médicos conduciendo taxis. Ingenieros limpiando platos. Profesores vendiendo comida en la calle.
El chavismo habló de traidores. La realidad habló de supervivientes.
Un país no se vacía así sin razones profundas.
PARTE VIII — El fracaso como sistema
Llegados a este punto, la Revolución Bolivariana dejó de prometer futuro. Su único objetivo pasó a ser permanecer. Mantener el poder. Administrar el deterioro. Repartir lo poco que queda entre los leales.
Ya no hay utopía. Hay inercia.
PARTE IX — Venezuela en la historia latinoamericana
Venezuela no es una anomalía. Es una advertencia. Forma parte de una larga tradición regional de caudillismos, redenciones prometidas y Estados capturados por proyectos personalistas.
Lo novedoso no fue el fracaso. Fue la escala.
EPÍLOGO — Lo que la Revolución Bolivariana enseñó (aunque nadie quiera aprenderlo)
La historia no castiga las malas intenciones. Castiga la estupidez sostenida. Castiga la arrogancia ideológica. Castiga la creencia de que el poder puede sustituir a la realidad.
La Revolución Bolivariana no fracasó porque fuera demasiado justa, ni demasiado radical, ni demasiado ambiciosa. Fracasó porque confundió el Estado con un líder, la economía con un discurso y la historia con propaganda.
Bolívar advirtió contra los caudillos. Contra el poder absoluto. Contra la idolatría política. Dos siglos después, su nombre fue usado para justificar exactamente aquello que temía.
La historia, como siempre, no se vengó.
Simplemente tomó nota.